
Estoy aquí, con el libro de Damián, y podría decir tantas cosas. Pero mas que presentar el libro, vengo a decir lo que he leído y visto.
Desde hace años, casi siempre, leo a destajo. Lo que caiga cerca, y siempre termino buscando dos o tres cosas: una palabra o frase que resuma y asuma lo que está ante mis ojos; caprichosas traducciones de lo que aparece y desaparece; y generalmente un héroe, costumbre de aquellas tempranas lecturas: Salgari, Dickens, Verne, Bradbury, mitologías varias y mucha historieta.
No me importa, de un héroe, que salve la jornada, atrape al malo y se quede con la chica. Mis héroes, al menos, deben tener la valentía de levantarse, no chillar si se queman con el café y superar estoicamente la espera en una fila.
Entonces, la poesía aquí de Damián me recuerda ciertas historias, anécdotas o lecturas de mamotretos fantásticos. Y puedo decir, si exagerar, que aquí (en el libro) encuentro algunos de los requisitos que llamen la atención de mi lectura. Veamos.
Hay palabras que asumen y resumen lo que está ante mis ojos.
El truco del prólogo, de mostrarse desinteresado por la suerte del lector, debo decir, funciona. Al mismo tiempo Damián descubre, se descubre e invita a descubrir. Puedo decir que es un libro poco egoísta. Es cómodo casi, dudo que haya palabras aquí que encojan con la primera lectura (lavada de ojos).
Pasear por entre la poesía de Damián significa terminar abrojado de palabras. Palabras que conocemos pero que están, aparecen en otro estado. He aquí el artificio; el truco no consistiría en plantar girasoles, sino en enseñarles a seguir el sol. El truco no consiste en nombrar, catalogar, referir, señalar, sino en enseñarles a las palabras a valerse en el nuevo orden de las cosas, el orden del poema, o al menos, anoticiarlas de la realidad.
Ahora, esta realidad está puesta a prueba, ultimada, al límite. Aparecen, como me gusta nombrarlos, aquellos “dichos terminales del habla”. Esas situaciones poco reconocidas de la lengua en lo cotidiano, que en el texto deben ser fundamentalmente certeras. Se dice lo que se dice o no se dice nada.
La definición mas acertada y confusa que se me ocurre para ciertos andamios de asalto al poema, que usa Damián, es la de “recursos”. Y cuando digo recursos, al menos aquí (en el libro), no me refiero a dones heredados, malas costumbres o caprichos, hablo de recursos en uso de la supervivencia de la palabra. A veces se me ocurre la figura de un Mcgyver poético o la de un aventurero de nuevos mundos, y es que tengo que volver a aquellas imágenes de héroe que les señalaba al comienzo. Aquí una breve enumeración de aquellos que encontré rondando:
- El sereno que toma mate y la radio dice cumbia, goza, baila. (pág. 29)
- El hombre que no duerme y escucha llorar al niño. (pág. 37)
- Aquél, alguien, que rompe “la ceremonia del té”.
- Ese que ama en rapto y en la clandestinidad.
- El que mira leer a la mujer que ama.
- El “maquinista” que sangra con el golpeteo.
- El Otro que está en el otro afuera. (pág. 52)
- Y el Ulises que se tapa los oídos, para seguir piloteando la noche. Cito:
“Que la madrugada se un espasmo largo de alucinaciones
Mientras me pongo los auriculares
A ver si me concentro un poco.” (pág. 30)
Y he aquí una posible identificación con el autor. Y es inevitable, porque yo vengo acá como lector. Me ha ocurrido “pasear” la noche. Me ha ocurrido…
Cito:
- “Miseria y horario de colectivo” (pág. 21)
- “Todavía/ Pido desprecio//perros verdes a la tarde al tránsito//mordidas en la espalda…” (pág. 25)
O qué
- “los versos se me pegan se me pasan de punto y de largo” (pág. 29)
O preguntarme:
- “Quién espía entre los madrigales tenues de la madrugada/y dice… dormí hijo, dormí…”
O escuchar que:
- “Alguien/ frena el hamacamiento vicioso del saquito de té y asume que el mundo sucede en otra parte”
Me permito extenderme un poco más y decirles que estoy hoy aquí, ante ustedes, para hablar de poesía. Para decirles qué he leído, buscando aquello que quería encontrar. He leído, y dogo con capricho lo que he encontrado del otro lado de esa palabra blanda que se descose con la saliva.
Finalmente uno debería cerrar esta bienvenida con una frase grandilocuente, pero me presento ante ustedes, con la dolencia de carecer, en general, de opiniones o frases ajenas. Sólo se me ocurre querer preguntarle al héroe del poema, al homo-cotidiano, cuán estoicamente aguanta la presentación de un libro.
[1] Según un principio poético propio, la noche en singular, como un continuo interrumpido por la sucesión de días. La noche como un estado primero y original.
